La vida no es más que un viaje por tren: repleto de embarques y desembarques, salpicado de accidentes, sorpresas agradables en algunos embarques, y profundas tristezas en otros. Al nacer, nos subimos al tren y nos encontramos con nuestros padres.


se suben también otras personas que nos serán muy especiales.

Llegan nuestros hermanos, nuestros amigos y nuestros maravillosos amores. De las personas que toman este tren, habrá los que lo hagan como un simple paseo, otros que encontrarán solamente tristeza en el viaje, y habrá otros que, circulando por el tren, estarán siempre listos en ayudar a quien lo necesite.

Muchos al bajar, dejan una añoranza permanente; otros pasan tan desapercibidos que ni siquiera nos damos cuenta que desocuparon el asiento.

Es curioso constatar que algunos pasajeros, quienes nos son más queridos, se acomodan en vagones distintos al nuestro.

Por lo tanto, se nos obliga hacer el trayecto separados de ellos. Desde luego, no se nos impide que durante el viaje, recorramos con dificultad nuestro vagón y lleguemos a ellos... pero lamentablemente, ya no podremos sentarnos a su lado pues habrá otra persona ocupando el asiento.

No importa; el viaje se hace de este modo; lleno de desafíos, sueños, fantasías, esperas y despedidas... pero jamás regresos. Entonces, hagamos este viaje de la mejor manera posible.

Tratemos de relacionarnos bien con todos los pasajeros, buscando en cada uno, lo que tengan de mejor. Recordemos siempre que en algún momento del trayecto,

ellos podrán titubear y probablemente precisaremos entenderlos ya que nosotros también muchas veces titubearemos, y habrá alguien que nos comprenda.

El gran misterio, al fin, es que no sabremos jamás en qué estación bajaremos, mucho menos dónde bajarán nuestros compañeros, ni siquiera el que está sentado en el asiento de al lado.

Amigos, hagamos que nuestra estadía en este tren sea tranquila, que haya valido la pena. Hagamos tanto, para que cuando llegue el momento de desembarcar, nuestro asiento vacío, deje añoranza y lindos recuerdos a los que en el viaje permanezcan.





Había un vez un rey.

El rey tenía una bellísima hija,

la princesa.

Pero existía un grave problema.

Todo lo que la princesa tocaba se derretía.

No importaba lo que fuese;

metal,

madera,

plástico

todo lo que tocaba se derretía.

Debido a esto, todos los hombres le temían.

Nadie se atrevía a casarse con ella.

El Rey estaba desesperado.

¿Qué hacer para ayudar a su hija?

Consultó a todos los magos y hechiceros.

Alguien le dio un consejo,

"Si tu hija toca algo, cualquier

cosa, que no se derrita en sus manos,

ella estará curada."

El Rey brincaba de alegría.

Al siguiente día,

estableció una competencia.

Cualquier hombre que le diera algo a su hija,

cualquier objeto que no se derritiera en sus manos, podría desposarla

y así heredar el trono del Rey.

Tres jóvenes príncipes tomaron el reto

El primero de los príncipes le llevó una aleación de los más duros metales.

Pero en el momento,

en el que la princesa lo tocó,

se derritió como hielo en fuego.

El príncipe se retiró triste y acongojado.

El segundo de los príncipes trajo un diamante enorme,

pensando que el diamante, por ser la substancia más dura

en el mundo no se derretiría.

Pero al entregarlo,

y una vez que la princesa lo tocó,

se derritió.

El también se fue decepcionado.

El tercer príncipe se aproximó.

Y le dijo a la princesa,

"Mete tu mano en mí bolsillo y siente que hay ahí adentro."

La princesa hizo lo que le había pedido,

de pronto se puso roja.

Sintió algo duro.

Lo sostuvo en su mano.

Y no se derritió!!!

El Rey estaba inmensamente feliz.

Todo el reino se encontraba regocijado.

Y así el tercer príncipe desposó a la princesa

y vivieron felices para siempre.

Pregunta:

Qué fue lo que agarró la princesa en los pantalones





Eran unas M&M's por supuesto.


“Se derriten en tu boca no en tu mano. “





Érase una vez un chico con mal carácter. Su padre le dió un saco de clavos y le dijo que clavara uno en la verja del jardín cada vez que perdiera la paciencia o se enfadara con alguien.


El primer día clavó 37 clavos. Durante las semanas siguientes se concentró en controlarse y día a día disminuyó la cantidad de clavos nuevos en la verja. Había descubierto que era más fácil controlarse que clavar clavos.

Finalmente llegó un día en el que ya no clavaba ningún nuevo clavo. Entonces fué a ver a su padre para explicárselo.

El padre condujo a su hijo hasta la verja y le dijo: « Hijo mío, te has comportado muy bien, pero mira todos los agujeros que han quedado en la verja ».

Ya nunca será como antes. Cuando discutes con alguien y le dices cualquier cosa ofensiva le dejas una herida como ésta.

Puedes clavar una navaja a un hombre y después retirarla, pero siempre quedará la herida. No importan las veces que le pidas perdón, la herida permanecerá. Una herida provocada con la palabra hace tanto daño como una herida física.

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